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La primera vez que Lucy oyó a Emma hablar con alguien, pensó que era un juego. Las voces se oían de forma extraña en la vieja casa. Pero cuando se asomó a la puerta, Emma enmudeció abruptamente. La niña se quedó mirando el rincón vacío junto a su cama, como si le sorprendiera encontrarlo vacío.

“¿Con quién hablabas?” Preguntó Lucy suavemente. Emma apretó los dedos en torno a su conejo de peluche. “Oh… con nadie”, dijo, la palabra estirada con demasiado cuidado. Lucy reconoció enseguida los signos reveladores: la sonrisa fija, la mirada que se desviaba, la respiración contenida durante demasiado tiempo. Su hija mentía.

Más tarde, mientras apilaba cajas en el pasillo, el eco de aquel “nadie” perduró. Lucy se dijo a sí misma que no importaba: los niños inventaban amigos, inventaban conversaciones, sobre todo después de las mudanzas. Aun así, la imagen de los ojos de Emma desviándose hacia la pared desnuda se le quedó grabada, como una mancha que no podía borrar del todo.

La vida en la nueva ciudad aún le resultaba extraña. Lucy había dejado atrás el ruido de la ciudad hacía unos meses, tras el traslado de su empresa y su propio cansancio. El campo había prometido paz, un pulso más lento. En su lugar, el silencio llegó pesado e impredecible, sólo roto por el viento y las peculiares conversaciones de Emma.

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Cuando no estaba trabajando, Lucy pasaba las horas desempaquetando, etiquetando cajas e intentando imponer algo de orden. La casa se resistía. Las viejas estanterías se inclinaban, las puertas se hinchaban de humedad y las sombras persistían donde debería haberse acumulado la luz. Echaba de menos el zumbido de la ciudad, donde los sonidos extraños siempre tenían fuentes vivas.

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La casa en sí no ayudaba. Llevaba en pie casi un siglo, toda de ladrillo y madera, una granja jubilada a las afueras del pueblo. Lucy nunca había vivido en nada más antiguo que un piso de ciudad. La primera noche, cada gemido de la madera sonaba como una pisada.

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El viento golpeaba las ventanas con un gemido bajo e insistente. Las tuberías repiqueteaban vivas en las paredes al encenderse la caldera. Las tablas del suelo suspiraban bajo su propio peso, la madera se movía al bajar la temperatura. Tumbada despierta junto a la suave respiración de Emma, Lucy catalogaba cada sonido desconocido, con el corazón martilleándole como si estuviera de guardia.

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A la tercera noche, ya podía identificarlos: el goteo en la cocina, el tictac del radiador, la escalera que siempre crujía. Ponerles nombre les quitaba el brillo. Se dijo a sí misma que sólo se trataba de huesos viejos asentándose. En cuanto identificara los ruidos, la casa dejaría de parecerle extraña.

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Y así fue. Pasó una semana sin que cundiera el pánico. El viento se convirtió en un sonido de fondo y la caldera en un latido tranquilizador. Lucy seguía despertándose a veces, pero ahora se daba la vuelta y volvía a dormirse, diciéndose a sí misma que estaba aprendiendo el lenguaje de la casa, y que cada crujido era una sílaba que podía traducir.

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Fue entonces cuando se dio cuenta del nuevo sonido. Una noche, cuando Emma ya se había dormido, Lucy estaba casi adormilada cuando lo oyó. Por debajo del zumbido familiar se oyó un ruido diferente: tres débiles golpecitos en la pared junto a la cama. Una pausa. Luego dos más, espaciados uniformemente, demasiado medidos para descartarlos. Se levantó inmediatamente para comprobarlo.

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Se quedó muy quieta, conteniendo la respiración. Los golpecitos no se repitieron. Emma seguía durmiendo, acurrucada alrededor de su conejo, ajena a todo. Lucy se dijo que podía ser una tubería enfriándose, una rama rozando un ladrillo, cualquier cosa ordinaria. Sin embargo, había algo en el ritmo que no se parecía a los crujidos sin forma a los que se había acostumbrado.

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Durante las noches siguientes, volvió a repetirse. Siempre desde el mismo trozo de pared, siempre en pequeños grupos, nunca arañando, nunca escabulléndose, sino con un golpeteo firme y sordo, como si procediera del interior del yeso. No eran las historias de Emma lo que preocupaba ahora a Lucy, ni su “nadie” Era este sonido deliberado e inexplicable.

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Los golpecitos se convirtieron en parte de sus noches. Algunas noches apenas sonaba, sólo un ruido sordo detrás de la pintura. Otras veces, parecía responder al asentamiento de la casa, llegando tras un crujido, haciendo eco de un chasquido lejano. Lucy empezó a anotar las horas en su teléfono, casi sin querer.

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Al final de la semana, su lista formaba una fina columna: 10:13 PM, 01:47 AM, 11:02 PM. No veía ningún patrón, pero algo obstinado en su interior deseaba uno. Los patrones significaban razones. Razones significaban reparadores, listas de comprobación y facturas, cosas que sabía manejar como madre soltera en un lugar extraño.

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Más tarde esa semana, Lucy visitó a la vecina, la señora Wenham, cuya casa se inclinaba un poco más allá de la valla de piedra. Durante el té, Lucy mencionó los ruidos, esperando simpatía, sugerencias o razones. La anciana se quedó quieta, con los ojos entornados. “Oh, esa casa tiene muchas historias. ¿Quién sabe después de tanto tiempo?”, dijo finalmente. “Debe de ser una corriente de aire”

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Aquella noche, la lluvia silbó contra las ventanas. Los golpes volvieron, más suaves, casi tentativos. Lucy se incorporó, con el pulso acelerado. Apagó la lámpara de la mesilla para escuchar. El patrón parecía deliberado: tres golpes suaves, una pausa y un último golpecito. Emma, ensimismada en su sueño, soltó una risita en sueños.

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A la mañana siguiente, las líneas de cansancio dibujaban el rostro de Lucy. Preparó café temprano y se quedó mirando la pared que separaba la habitación de Emma de la de invitados, situada al lado. Según el plano de la casa, las habitaciones deberían haber sido iguales en tamaño, pero no podían serlo si aquel golpeteo era real.

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Pasaron los días, salpicados de pequeños fallos domésticos como bombillas que parpadeaban, tuberías que gemían o la puerta del horno que se negaba a cerrarse. Las irritaciones familiares la mantenían con los pies en la tierra. A veces la pared permanecía en silencio y Lucy casi lo olvidaba. Entonces los débiles e irregulares golpes respondían desde detrás del yeso.

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Un colega le sugirió que redecorara el dormitorio. “Con pintura nueva se arreglaría el ambiente”, le dijo. Pero cuando Lucy dio la primera mano un fin de semana, se dio cuenta de que la pared absorbía el color de forma extraña, oscureciéndose de forma irregular, como si ocultara algo poroso debajo. Cuando apretó demasiado el pincel, una fina grieta recorrió la superficie.

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Aquella noche, después de acostar a Emma, pegó el oído a la pared. Bajo la débil música de las tuberías, percibió un ritmo: tres golpes suaves, luego dos golpecitos cortos. Contuvo la respiración. Cuando volvió a golpear, se hizo el silencio, espeso como el polvo, antes de asentarse de nuevo.

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Aquella noche, Lucy soñó con pasillos estrechos, sin ventanas y sin aliento. Detrás de ella se oían pasos, siempre a un paso de distancia. Al despertarse, encontró a Emma junto a su cama, sosteniendo un trozo de pintura seca y agrietada. “La pared estaba llorando”, susurró la niña. Fuera, el amanecer esparcía una pálida luz sobre el tejado empapado por la lluvia.

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Lucy apenas dormía. La luz de la mañana se filtraba a través de las cortinas del cuarto de los niños mientras estudiaba las columnas de su cuaderno. El patrón parecía deliberado, casi conversacional, pero lo bastante incoherente como para burlarse de la lógica. Lucy se dijo que podía tratarse de un pájaro anidando en el alero o de roedores. Las explicaciones disminuían cada vez que las examinaba.

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Por la mañana, arrastró la escalera desde el trastero para inspeccionar la rejilla de ventilación situada encima de la cama de Emma. Su rejilla se desprendió con facilidad, liberando el olor a polvo rancio. No había nada más. Detrás sólo había bloques de ladrillo donde un antiguo conducto debió de sellarse hace mucho tiempo.

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Aquella tarde llamó a un manitas local cuyo número había encontrado en una tarjeta en el escaparate de correos. Llegó con una bolsa de lona llena de herramientas y una sonrisa fácil, con las botas dejando leves huellas en las baldosas del pasillo. “A las casas viejas les gusta crujir y quejarse mucho”, dijo dando golpecitos en la pared.

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Lucy le explicó lo de los golpecitos con toda la calma que pudo, procurando no sonar frenética. Él escuchó con la oreja pegada al yeso y luego golpeó el rodapié. “Podrían ser roedores”, dijo. “O pájaros en los aleros. Encuentran huecos en estos lugares, utilizan las cavidades de las paredes como pasillos”

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Quitó una pequeña sección de moldura cerca del suelo y raspó un poco de polvo y escombros. “¿Ves?”, dijo, sosteniendo lo que podría haber sido excrementos viejos. “Probablemente ratas. Yo pondría unas cuantas trampas y, si sigue así, pediría un control de plagas” La palabra ratas la reconfortó extrañamente.

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Esa noche, después de que Emma se durmiera, Lucy colocó dos trampas a lo largo de la base de la pared, con las manos firmes. Había una especie de alivio en ello: un problema claro, una solución práctica. La casa se redujo a algo manejable: madera, tuberías, plagas. Nada que no pudiera contenerse con tiempo y esfuerzo

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Durante tres noches, dejaron de golpear. Las trampas permanecieron sin abrir, con el olor a desinfectante persistente donde ella había limpiado el zócalo. Lucy se dijo a sí misma que el manitas tenía razón; la perturbación había desaparecido. Durmió más profundamente, despertándose con la extraña sensación de que la casa había exhalado, agotadas sus quejas

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La cuarta noche se despertó en la oscuridad sin saber por qué. El reloj digital marcaba las 2:21. La casa yacía a su alrededor en un silencio estratificado: el viento, el zumbido lejano de la caldera, la débil respiración de Emma. Justo cuando empezaba a relajarse, tres suaves golpes procedieron de la pared: precisos, uniformemente espaciados y directamente detrás de la cama de su hija

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Ahora no sonaba como si se estuvieran escabullendo. Ni rasguños, ni arrastrones, sólo una fuerza contenida que encontraba resistencia. Lucy se incorporó, con el corazón acelerado, esperando una segunda ronda. No hubo ninguna. Por la mañana, las trampas seguían vacías, con sus barras de metal limpias y a la espera, como si lo que se moviera dentro de la pared comprendiera su propósito y las rodeara cuidadosamente

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Una noche, Lucy se detuvo en el pasillo al oír la suave voz de Emma desde su dormitorio. “Shh, tenemos que estar calladas”, murmuró la niña. “Nos oirán si reímos demasiado alto” Lucy se quedó paralizada, con el pulso acelerado: las palabras sonaban demasiado agudas, demasiado conscientes del silencio de la pared.

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Se acercó sigilosamente y se asomó por la puerta entreabierta. Emma estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la alfombra, frente a su muñeca, una figura de trapo descolorida con ojos de botón. “¿Has oído ese golpecito?” Susurró Emma, inclinando la cabeza hacia la muñeca. “Son ellos otra vez, dándose las buenas noches” Lucy se quedó sin aliento.

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La muñeca yacía inmóvil en el regazo de Emma, por supuesto; no se movía, no respondía. Sin embargo, el tono serio de la niña, la forma en que sus ojos se desviaban hacia la pared pintada, helaron las venas de Lucy. ¿Era imaginación o el golpeteo había enseñado a su hija a escuchar voces donde no las había?

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“¿Mamá?” Emma levantó la vista de repente, con la muñeca bien agarrada. “¿Es hora de dormir? Lucy forzó una sonrisa y entró. “Casi, cariño” Pero mientras se arrodillaba para guardar el juguete, su mirada se detuvo en la pared, casi esperando que el yeso ondulara con el ritmo oculto que Emma parecía conocer.

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Aquella noche, Lucy se quedó despierta, repitiendo la escena. La muñeca había mirado hacia delante, no hacia la pared: un juego perfectamente inocente. Sin embargo, los susurros de Emma resonaban en su mente, desdibujando la línea que separaba la fantasía infantil de los secretos ocultos de la casa. El miedo convertía los momentos ordinarios en algo que no podía dejar de ver.

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Para entonces, el ruido vivía en sus pensamientos incluso cuando la casa estaba en silencio. En el trabajo, perdía el hilo de los correos electrónicos y oía golpes fantasmas entre las líneas de texto. De camino al colegio de Emma, se sorprendía a sí misma volviendo la vista hacia los ladrillos en blanco, como si el sonido pudiera seguirla hasta el exterior.

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A finales de mes, el cansancio empezaba a notarse. Una tarde, Lucy vio su reflejo en el escaparate de una tienda: la cara desencajada, los hombros encorvados como si se estuviera protegiendo de un viento que nunca llegaba. Cuando la secretaria de la escuela le preguntó amablemente si todo iba bien, mintió y dijo que sólo necesitaba más café.

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Aquella noche, después de arropar a Emma, abrió el portátil en la mesa de la cocina y concertó una cita por Internet con un terapeuta que había encontrado a través de un grupo de recomendación local. Parecía una medida práctica, del tipo que un adulto responsable adopta cuando el sueño se le escapa y los días se desdibujan.

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En su primera sesión, Lucy describió la mudanza, la antigua casa y los ruidos que iban y venían. Mencionó estar sola con Emma, la conciencia constante de ser la única adulta en el edificio. El terapeuta la escuchó y luego habló de la adaptación, de la hipervigilancia, de la forma en que las mentes cansadas cosían patrones en sonidos inofensivos.

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“Tiene sentido que estés en alerta máxima”, dijo la mujer con suavidad. “Ahora lo llevas todo tú sola. Cuando nos sentimos inseguros, nuestro cerebro intenta predecir el peligro, incluso donde no lo hay. Eso no significa que los sonidos no sean reales, sólo que tu reacción a ellos se magnifica”

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lucy asintió, sorprendida por el alivio que sintió en el pecho. Enmarcadas de ese modo, las noches parecían menos un colapso inminente y más un rompecabezas de estrés y circunstancias. Acordaron dar pequeños pasos: mejorar las rutinas de sueño, limitar las escuchas nocturnas, conectarse a tierra cuando la casa se movía y suspiraba.

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durante algunas noches, siguió el plan. Dejó una lámpara encendida en el pasillo, leyó hasta que le pesaron los ojos y se negó a esperar sentada en silencio. Cuando la casa crujía, la nombraba y seguía adelante. La pared permaneció muda, y ella casi creyó que lo peor estaba pasando.

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Entonces, una noche fría, el primer golpecito llegó justo cuando empezaba a relajarse. Un único y firme golpe desde el mismo lugar de siempre, en la parte baja de la pared, detrás de la cama de Emma. Siguió una pausa, lo bastante larga como para que se preguntara si lo había imaginado. Luego dos más, más seguidos, como la respuesta a una pregunta que no podía oír.

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lucy levantó las piernas de la cama y se quedó a oscuras, con los pies descalzos sobre el frío suelo. Cada parte de ella quería descartarlo, volver a meterse bajo las sábanas y dejar que las explicaciones racionales ganaran. En lugar de eso, caminó por el pasillo hacia el sonido, cada paso medido, la casa familiar de repente desconocida de nuevo.

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Lucy apretó la palma de la mano contra la superficie pintada, sintiendo sólo la textura fría y ligeramente irregular del yeso viejo. La pared no vibraba, no ofrecía el satisfactorio temblor de las tuberías o la maquinaria. Simplemente permanecía allí, densa e inútil, guardando silencio como si fuera una respuesta en sí misma.

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A la mañana siguiente, sacó la cinta para medir. Emma observó desde la cama cómo su madre estiraba la cinta metálica de esquina a esquina, murmurando números en voz baja. Lucy midió el dormitorio, luego el estrecho pasillo que había detrás y, por último, la pequeña habitación de invitados del otro lado, escribiendo las cifras en el reverso de un sobre.

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Cuando colocó el boceto sobre el plano fotocopiado que le había dado el agente inmobiliario, la discrepancia era pequeña pero innegable. La habitación de invitados era menos profunda de lo que debería por varios palmos. Lo suficiente como para notarlo una vez que lo buscabas. Suficiente para esconder algo entre dos habitaciones normales.

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Aquella tarde, sacó los planos originales enrollados en un tubo quebradizo al fondo de un armario, con el papel amarillento y delicado. La distribución era entonces ligeramente diferente: un trastero donde ahora estaba la habitación de invitados, un rellano más estrecho, sin armarios empotrados. Entre la habitación de Emma y el espacio contiguo había un rectángulo pulcramente entintado y luego tachado.

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Había una nota manuscrita en el margen, casi ilegible. El año 1946 destacaba claramente. El resto estaba borroso, desteñido por el tiempo y la manipulación. Lucy trazó las líneas con el dedo, sintiendo una extraña desorientación. La casa por la que caminaba cada día no coincidía del todo con la casa que se había dibujado y construido en un principio.

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Aquella tarde, llevó sus conclusiones a la siguiente videollamada con el terapeuta. “Así que puede que haya una cavidad más”, dijo, intentando mantener la voz firme. “Un antiguo almacén, tal vez. No estoy imaginando diferencias; están ahí sobre el papel” Se sintió a la vez reivindicada y ligeramente ridícula al decirlo en voz alta.

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El terapeuta asintió, pensativo. “Parece que has encontrado algo real”, dijo. “Eso debería hacerte sentir más segura. Significa que la casa tiene una historia que desconocías. Eso puede resultar inquietante, sobre todo cuando ya llevas mucho encima. Quizá el siguiente paso sea un estudio estructural, para que no cargues con el misterio tú sola” Las palabras tranquilizaron a Lucy, aunque el malestar persistía en el fondo.

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La semana siguiente, concertó una inspección con un contratista local especializado en propiedades antiguas. La mañana en que llegó, Emma se marchó al colegio con la mochila en la mano, sin darse cuenta del silencioso temblor que había en la casa a sus espaldas. Lucy la miró marcharse y luego volvió a fijarse en el muro, consciente de que al anochecer podría haber dejado de ser sólo una idea.

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El contratista, un hombre de hombros anchos llamado Harris, caminó lentamente a lo largo de la pared de Emma, golpeando ligeramente los nudillos a su paso. “Definitivamente hay un vacío aquí”, dijo al fin. “Podría ser una vieja chimenea o un armario empotrado. Nada peligroso, por lo que parece. Estos viejos lugares están llenos de sorpresas”

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Pasó un sensor de mano por el yeso, observando la pequeña pantalla. “Hay un hueco de un metro de profundidad”, murmuró. “Tal vez más. Pero no hay lecturas de metal. Sólo madera y aire” Se enderezó y anotó algo en su portapapeles. “Si quiere abrirlo, podemos hacer un corte exploratorio cuidadoso”

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Lucy dudó. Una parte de ella quería aceptar de inmediato, arrancar la incertidumbre con el yeso. Otra parte se negaba a pensar en la habitación de Emma convertida en una obra, polvo en las sábanas, ruido en el único lugar donde su hija aún dormía plácidamente. “Déjame pensarlo uno o dos días. Ya te contaré”, le dijo

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Esa noche, se quedó en el oscuro pasillo frente a la puerta de Emma, escuchando. No se oyeron golpes. Sólo el pequeño y constante sonido de la respiración de su hija y el lejano murmullo de la caldera. El silencio resultaba casi burlón, como si la casa estuviera esperando a ver si ella se atrevía a hacer la siguiente pregunta

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Al día siguiente por la tarde, tomando un té tibio en la sala de profesores, mencionó la inspección a una compañera. “Dicen que hay un espacio oculto en la pared”, dijo, intentando reírse. Su colega enarcó las cejas. “Espeluznante. Pero… ¿también mola? Estas casas antiguas tenían todo tipo de rincones. Seguro que alguien los ha tapiado”

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De camino a casa, Lucy repitió la palabra almacén en su mente. Era una palabra reconfortante: práctica, aburrida. La gente guardaba baúles, herramientas y muebles olvidados. No intenciones ni recuerdos. Aun así, la imagen del rectángulo tintado en el plano original volvió a aparecer, tan obstinada como había sido la grabación

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Al día siguiente, Lucy se dirigió al archivo municipal con una idea. El empleado, un hombre mayor con los ojos llorosos, comprobó los registros de la propiedad. “Está catalogada como construida en 1937”, dijo, hojeando las páginas. “Reformada dos veces. Los últimos cambios importantes fueron reparaciones de posguerra” Cuando Lucy le preguntó de qué tipo eran, se limitó a encogerse de hombros. “No hay detalles archivados”

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Se quedó junto a las vitrinas de fotografías de la guerra: familias antes de la evacuación, soldados subiendo a los trenes, una fila de refugiados pasando por delante de casas sorprendentemente parecidas a la suya. En una de las fotos creyó reconocer su calle, aunque donde ahora florecía el jardín de la Sra. Wenham había una casa más pequeña.

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Esa noche, volvió a llamar a Harris. “Me gustaría que abrieras una pequeña sección”, le dijo. “Sólo lo suficiente para ver lo que hay” Acordaron una mañana en la que Emma estaría en el colegio. Después de colgar, Lucy entró en el dormitorio y apoyó las puntas de los dedos contra la pared, como advirtiéndola

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El día elegido, la casa se llenó del ruido sordo de las herramientas y el quejido de una pequeña sierra. El polvo llegó al pasillo, fino y pálido, con un olor a papel viejo y piedra fría. Lucy se quedó cerca, con el corazón latiéndole demasiado deprisa, diciéndose a sí misma que sólo era curiosidad, sólo arquitectura

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“Tengo algo”, llamó Harris al cabo de un rato. Lucy entró en la habitación. Habían cortado un rectángulo en la pared, revelando la oscuridad que había más allá. Se filtraba aire, más frío que la habitación, con un leve y agrio sabor a viejo. Harris iluminó el interior con una linterna. “Parece un vacío estrecho. Aún no veo el final”

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Amplió la abertura con cuidado. La luz se derramó sobre la madera áspera y una superficie plana más allá. “Hay… una plataforma, tal vez”, dijo lentamente. “Y algo de tela vieja” Lucy se acercó más. La viga distinguió la esquina de lo que podría haber sido un colchón, la curva de un metal oxidado y un trozo de algo que parecía, inquietantemente, el zapato de un niño.

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Por un momento, Lucy se quedó mirando. El zapato yacía de lado, el cuero agrietado y encogido por el tiempo, los cordones rígidos por el polvo. A su lado, los restos del colchón eran poco más que una forma flácida, con su tictac partido. Esto no era un armario. Había sido el lugar donde alguien se tumbó a dormir

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Aquella misma tarde, después de que Harris hubiera dejado el primer pequeño agujero de inspección y prometido volver con más herramientas, Lucy no pudo resistirse a volver a entrar en la habitación de Emma. La parte de oscuridad expuesta la atrajo. Se arrodilló junto a ella, linterna en mano, y dirigió el haz hacia el estrecho vacío

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La luz distinguió polvo y madera en bruto, y luego algo más: una forma pequeña y redondeada cerca del borde de la abertura. Estaba semienterrada en la suciedad y tenía el tamaño de la palma de su mano. Lucy vaciló, sacó un par de guantes de fregar del bolsillo y se introdujo con cuidado en el hueco, rozando con los dedos la madera fría y arenosa

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Su mano se cerró alrededor de un objeto duro y lo sacó. En la palma de la mano había un caballo de madera, no más grande que las figuras de plástico favoritas de Emma. La mayor parte de la pintura se había descascarillado y sólo quedaba una tenue insinuación de color en las crines. Una de las orejas estaba astillada, con los bordes alisados por la manipulación

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Le dio la vuelta, con el corazón latiéndole más deprisa. En la parte inferior, alguien había grabado unas iniciales en la madera: dos letras apenas legibles. El estilo de la talla, el desgaste y la pintura primitiva hablaban de otra época. No era un juguete moderno. Pertenecía a quienquiera que hubiera utilizado aquel espacio antes de sellar la pared

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Lucy se sentó sobre los talones y la habitación le dio vueltas. Se imaginó unas manos pequeñas agarrando el caballo en la oscuridad. Limpió suavemente el caballito con un paño limpio y lo colocó sobre la cómoda, lejos del alcance de Emma por el momento. El objeto cambió su comprensión; la casa había contenido el miedo de alguien, la espera de alguien.

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Harris, cuando regresó, carraspeó suavemente. “Parece una especie de vieja litera”, dijo. “La gente a veces construía escondrijos en tiempos de guerra. Contrabandistas, evacuados, ese tipo de cosas” Su tono seguía siendo práctico, pero no parecía del todo indiferente. “Tendremos que abrir un poco más si quieren acceder”

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Lucy asintió, aunque sentía un nudo en la garganta que le impedía hablar. Retrocedió mientras él ensanchaba con cuidado la abertura, con el polvo nublando el aire entre ellos. Cuando por fin cortó una sección lo bastante grande como para agacharse, el haz de su linterna reveló los estrechos límites de una habitación oculta, apenas más ancha que un pasillo

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Harris se arrodilló junto a la abertura e iluminó la cámara con su linterna. “Mira aquí”, dijo en voz baja. “Hay un delgado panel de madera en el extremo opuesto, probablemente la puerta original, sellada desde el exterior. Y algo cuelga de un clavo…” La viga se enganchó en una cadena oxidada, que se balanceaba débilmente al agitarse el aire viciado

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“Ése es tu grifo”, continuó, con naturalidad. “La corriente de aire entra por las grietas de la madera envejecida. Esta cadena -o lo que haya en ella- se balancea contra la puerta. La temperatura baja por la noche, la madera se contrae lo suficiente. Crea ese ritmo que has oído. No hay fantasmas. Sólo física en un espacio olvidado”

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Lucy asintió lentamente, imaginándoselo: el aire frío filtrándose a través de las tablas combadas, empujando la cadena, el metal besando la madera en un tiempo medido. El sonido que había temido durante semanas reducido a un simple eco mecánico de una habitación que había esperado décadas para volver a respirar libremente.

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Se agachó y echó un vistazo al interior. Unas tablas toscas formaban un techo bajo; el ladrillo desnudo se apretaba a ambos lados. La estrecha litera se extendía a lo largo de una pared, frente a una franja de suelo en la que se veían débiles marcas de rozaduras sobre el polvo, como si los pies se hubieran movido inquietos por allí tiempo atrás y el recuerdo del movimiento hubiera perdurado

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En el ladrillo cercano a la cabecera de la litera había letras de grafito garabateadas a mano desigual. Algunas se habían borrado con el tiempo, pero aún se podían distinguir los nombres, junto a una fecha de principios de los años cuarenta y una breve línea en un idioma que Lucy no podía leer. Lucy sintió un nudo en el pecho

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“Alguien se escondía aquí”, dijo en voz baja. Harris asintió, con expresión sobria. “Sucedió más de lo que a la gente le gusta recordar”, respondió. “Familias que huyen, refugiados. Es más fácil cerrar las cosas después, supongo, que vivir recordándolo” Se apartó de la abertura para dejarle espacio

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Más tarde, cuando se hubo marchado y las herramientas estaban en silencio, Lucy se quedó sola en la habitación de Emma, frente a la cavidad expuesta. El aire frío fluía ahora más suavemente, como si estuviera agotado. Pensó en los golpecitos, en la forma en que habían llegado en racimos, como si hicieran eco del movimiento dentro de un espacio precisamente tan pequeño

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En pocos días se corrió la voz por todo el pueblo. Un historiador local llegó con un cuaderno y una cámara, arrodillándose respetuosamente ante la cavidad expuesta. “Estos escondites se construyeron bajo una presión terrible”, explicó. “La gente los tapió después de la guerra, queriendo olvidar. Tú les has devuelto su historia”

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Los periódicos locales publicaron un breve artículo: Refugio de guerra oculto en una casa de pueblo. Los periodistas preguntaron a Lucy si había tenido miedo. Ella negó con la cabeza. “No después de entenderlo”, dijo. El repiqueteo había cesado por completo tras la caída del muro, sustituido por el zumbido constante de los sonidos normales de la casa

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Harris y su equipo repararon los daños a lo largo de dos semanas, alisando el yeso nuevo y repintando la habitación de Emma de un tono azul más vivo. Dejaron intacta una pequeña sección de la pared original, donde los nombres en grafito seguían siendo visibles bajo el cristal. Lucy quería tanta permanencia, tanto reconocimiento.

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Aquella noche, en su llamada con el terapeuta, se esforzó por encontrar palabras. “Era real”, dijo por fin. “Había una habitación. Una litera, nombres en la pared. Había gente viviendo allí, o intentándolo. Los sonidos no estaban en mi cabeza. Eran… la casa recordando”

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El terapeuta escuchó en silencio antes de responder. “Parece que descubriste un trozo de historia que estaba literalmente amurallado”, dijo. “No me extraña que se sintiera opresivo. A veces el cuerpo percibe lo que la mente aún no entiende. Estabas reaccionando a algo real, sólo que no conocías su forma”

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Aquella noche, mientras Emma dormía, Lucy permanecía despierta en el sofá de la planta baja. La casa crujía y se movía de un modo que le resultaba familiar. Escuchó los golpes y no oyó ninguno. Sólo el leve suspiro del viento en la chimenea y, debajo de él, un silencio que, por primera vez, parecía alivio.

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